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☆ DC ‹ She Is The Night

ilye_aru in bambocciate

Título: En la Radio [1/3.]
Fandom: Latin Hetalia.
Personajes/Parejas: Perú/Chile.
Clasificación: PG-13
Advertencias: Universo alternativo, lenguaje soez, algo de sangre.
Comentarios: De una conversación que tuve con mi amiga Desi hace un tiempo, me costó ponerlo en palabras porque NARRAR QUÉ ES NARRAR.
Sumario: En donde Miguel el cóctelero de médico no tiene mucho.



La cosa con el barrio Providencia es que, de noche, se convierte en algo completamente distinto y, a la vez, es su esencia la única cosa intacta a través de esta transmutación. De día, estudiantes y trabajadores en busca de un descanso ocupan las mesitas al aire libre de los bistros, ríen en los bares apabullados de gente con el asa fría de una jarra de cerveza en la mano. Todo es ruido, ruido y más ruido, toda clase de interacción social desarrollándose entre las calles repletas de gente. Es normal que toda esa energía fluya aún durante la noche.

Pero la diferencia se materializa en cuánto la verdadera noche cae.

Desde hace muchos años más (pero no muchos siglos, después de todo, Santiago no es una ciudad tan antigua cómo las europeas de antaño), la madrugada ha cobijado a las criaturas nocturnas, abrazándolas bajo el manto protector de la penumbra, otorgándoles la entrada a un mundo completamente distinto. El cierre del primer pub nocturno coincide con la apertura de alguna taberna de la hora cero. Una discoteca para hadas, un bar para vampiros, un salón de pool para duendes.

La frase "de todo existe en la villa del Señor" se aplica con justa razón al mundo nocturno. Porque ni siquiera sus habitantes dimensionan el rango de diversidad supernatural existente en el mundo que los rodea. ¿Se molestaría alguien por llevar un registro, por censar? Esas son cuestiones en las que el gobierno no ha indagado aún, temoroso de romper alguna especie de acuerdo tácito. Así pues, entre tanto forastero que viene y que va, nadie tiene bien claro cuántas y qué clase de especies conviven en la actualidad. Al menos, no en su totalidad.

Lo positivo de tal descuido es que brinda magnífico material de conversación para una primera cita. "¿Y tú, qué eres?", "Oh, ¿yo? (risas) ¡Yo vengo de una familia de brujos por parte de padre!"

Claro esta, un asunto así sólo se da en las grandes urbes. Las grandes ciudades poseen los corazones de la población supernatural y están libres del chismorreo típico de los pueblos. Bueno, casi.

La lengua suelta no es sólo una cosa de humanas y un excelente ejemplar de eso es Miguel Prado.





Miguel es la clase de persona que podría pasar al menos una hora conversando con la vecina del departamento de al lado, todo el viaje en taxi a su trabajo escuchando la biografía del chófer o pasarse toda una estadía en hospital coqueteando con las enfermeras sin percatarse. Es esta mismísima cualidad, el don de hablar sin cesar, pero sin necesitar aire a la vez, la que lo hace tan adecuado para su trabajo. Miguel, que de día cursa su último año de gastronomía en la universidad, de noche es un bartender en el pub más popular del Providencia Sobrenatural: El Dragón Mecánico. Lo que le falta para perfeccionar cócteles tras la barra, lo posee en sus dotes de conversación, los cuales son aplicados en los clientes noche tras noche.

Un bar sin borrachos que le lloren al bartender no es un bar apropio, este es un hecho de la vida que puede aplicarse a cualquier tipo de sociedad. La ventaja secreta (o no tan secreta) de este hecho yace en otro hecho muy obvio: los borrachos hablan demasiado y suelen decirse la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad. Así es como Miguel acaba escuchando desde historias disparatadas hasta romances fallidos, anécdotas familiares, crímenes que desearía no haber oído y datos sobre seres de los que jamás había escuchado hablar antes.

No es que Miguel ignore muchas cosas, después de todo, el mismo es uno de esos seres. Los cambiaformas no son una especie muy común por esos lares y Miguel es precisamente uno de esos pocos pelagatos. (Tan pocos, que se hace difícil salir en citas dentro de la especie sin recurrir a alguna ayudita extra del internet.)

La forma animal de Miguel por algún tiempo, en la etapa de su adolescencia, fue objeto de constante malhumor y cuestionamientos. Cuando cambió por primera vez, tiene que ser honesto y admitir que esperaba algo más varonil, más feroz, más intimidante que un... oso de anteojos del Perú.

Su padre se limpió una lágrima, orgulloso, y sin dejar de envolverlo en un abrazo asfixiante, lo llamó adorable. Miguel se lanzó en una pataleta que pareció durar horas, porque 'adorable' no era un adjetivo que hubiese querido adjudicarse a sí mismo. Le tomó parte de su infancia y unos buenos años de adolescencia dejar de refunfuñar al respecto y hacerse a la idea de que cambiar en un oso no está tan mal. Supuestamente, por lo que su padre le explicó, cada cambiaforma sufre de alguna específica desventaja en su forma animal. Lo cual no erradica, por supuesto, la existencia de desventajas universales aplicadas a todo tipo de cambiaformas.

Pero Miguel no medita muy seguido, porque pensar no es realmente algo suyo y a veces le provoca dolores de cabeza que prefiere evitar. De cualquier manera, pensar es lo que menos hace los viernes, cuando se acerca el amanecer y llega la hora de volver a casa tras una jornada agotadora de trabajo. Los músculos de los brazos le palpitan ligeramente luego de tantos cócteles (y quizás algunos intentos de trucos). Aquel viernes en particular, un cazador brasileño se sentó en la barra y pidió cinco caipirinhas. A Miguel le agradó porque tenía la lengua suelta, pero no le habló de tragedias y al tercer trago su inestable español se transformó en un portugués que fluía como un río de palabras fuera de su boca.

(Su cara se le hizo familiar por un segundo, pero ese sentimiento de familiaridad se desvaneció con las distracciones proporcionadas por la conversación.)

El trayecto desde el bar a su edificio de departamentos es un asunto de treinta y cinco minutos a pie, si va a paso rápido y cincuenta y cinco, si decide tomarse su tiempo. Tan cansado está que termina decantándose por lo segundo y su llegada a casa coincide con los primeros rayos del sol y el canto del gallo, si es que hubiese alguno alrededor. Pero el alivio por estar en casa y poder descansar es algo que tiene que apartar por un momento. Al pisar el felpudo, lo primero que le llama la atención son un par de plumas desconocidas y al entrar a casa, su olfato de oso detecta algo extraño. Un olor metálico, molesto.

No le toma más que un par de minutos; lo que huele es sangre. El departamento se encuentra en penumbra, pero Miguel trata de andar despacio y no rozarse con nada, en caso de que alguien se haya metido en su casa. El silencio no le provoca ni pizca de confianza y ya comienza a planear lo que hará con un posible ladrón--- cuando se topa con un bulto bajo las ventanas de la sala, enredado entre las cortinas. El bulto no da indicios de moverse y, al parecer, es la causa del olor a sangre, porque está bañado en ella. Miguel hace una mueca; tendrá que deshacerse de esas cortinas.

Algo dudoso se acerca al bulto, hasta que la distancia entre ambos es mínima y tiene que agacharse para observarlo mejor. Casi se va de espaldas cuando, aún en cuclillas, lo voltea con la mano y se encuentra de frente con un cóndor. ¡Un cóndor, en la ciudad! Pareciera una broma extraña, pero no lo es, porque el ave frente a él se siente real, aunque débil. Su respiración es pausada y las laceraciones en su pecho y alas se muestran en carne viva. Siente dolor, mucho dolor. Miguel lo sabe por la forma en que el ave no responde ni evita a sus manos.

Sólo sus ojos, oscuros y solemnes, se fijan en él. Le roban el aliento a Miguel, porque contienen más orgullo que dolor, más recelo que cansancio.





Miguel no es veterinario ni doctor, pero tiene un botiquín de primeros auxilios que guarda tras el espejo del baño, para esos casos donde las peores borracheras terminan en heridas estúpidas que duelen más en el orgullo que en el cuerpo o para cuando tiene realmente malas ideas (como aquella ocasión en la que un amigo y él decidieron saltar en bicicleta desde un balcón a una piscina y todo lo que pudo salir mal, salió horrible.)

Cruza los dedos para que las heridas del animal no necesiten sutura, porque no posee mucha confianza en sus habilidades de costura y sabe muy bien que si su paciente fuera bípedo y, bueno, humano, probablemente le ofrecería un shot de vodka para lo que tendrá que sufrir. El ave no se mueve cuando Miguel la deposita con cuidado sobre su mesa de cocina e incluso cierra los ojos por un momento, hasta que Miguel coge una de sus alas, la extiende para evaluar el daño y termina con el pico asesino del cóndor a centímetros de rebanarle los dedos.

Si se salvó fue gracias a excelentes reflejos, pero para que sea evidente su disgusto, se asegura de dispararle una mirada asesina al pajárraco de Satán. (Sí, así es como ha empezado a llamarse dentro de su cabeza.)

—¡Quieto! —lo apunta, con su aún intacto dedo—. No voy a poder ayudarte si te pones así de difícil, oye.

Sacude la cabeza, no le ve ningún caso a hablarle a un pájaro. Pero al menos, eso parece calmar al ofendido plumífero, que deja caer la cabeza sobre la mesa y baja la guardia de nuevo. Miguel lo siente tensarse bajo sus manos, cuando le recorre las heridas con un algodón desinfectante y luego las cubre en yodo porque al menos eso es lo que haría si se cayera de un árbol y se rasmillase el codo o algo así. Tiene que ser honesto y admitir que no posee una idea muy clara de lo que está haciendo, pero la parte básica ha sido cubierta. Una vez limpias las heridas del pecho y del ala, Miguel las cubre con gasa y termina fabricando con paciencia, vendas y algo de cartón, un cabestrillo artesanal para la extremidad lastimada.

—Eso debería servir por ahora —murmura, con una mano en el mentón, examinando el arreglo que acaba de terminar. Por el momento bastará, pero si quiere evitar la posibilidad de infección, tendrá que conseguir a alguien que sepa lo que está haciendo.

El cóndor le pone pésima cara y Miguel podría jurar, así, jurar que entiende todo lo que le dice.

(Y no, es tan denso, que la posibilidad de que sea algún tipo de criatura especial aún no se aloja en su cerebro.)

—¿Qué, qué miras? —con cuidado, coloca una mano sobre el lomo del cóndor y lo acaricia despacio—. No te ves nada majestuoso, deja de mirarme así. Hice lo que pude, hey, eres demasiado quisquilloso para ser un pájaro.

Su paciente-con-plumas resopla, dirigiéndole una última mirada de odio, pero cierra los ojos al sentir la leve caricia y vuelve a depositar la cabeza sobre la mesa. El cansancio es evidente, por los movimientos torpes y lentos de su cuerpo. Miguel se apiada de él, tanto, que contra su mejor juicio, termina acostándolo en la cama del cuarto de huéspedes.

Cualquiera diría que se ha vuelto loco, hablándole a un pájaro.

(Pero fueron la frustración en los ojos de ese animal, la total impotencia de su dolor y su desolación, las cosas que impulsaron a Miguel a tratarlo con la dignidad que sintió que merecía.)

Antes de ir a dormir, en un impulso absurdo, arropa a su invitado con las cobijas de la cama y apaga la luz. Y antes de ir a la cama, se asegura de mandarle un mensaje de voz a la única persona que conoce que podría echarle una mano con 'Satán'.

—Oye, Martín, tengo un pequeño problema y todavía recuerdo que me debes un favor, así que... ¡llámame!

... Típico de Miguel, no tiene idea del lío en el que se ha metido.

(Ni la más mínima idea.)

Comments

¿es que acaso no está gracias en tu diccionario, MI LORD? /MERLIN

DON'T YOU SAY /desmayos